12 de Junio del 2026 | Artículos Especiales

Antonio Ruiz de Montoya el Pa’í de los guaraníes

Antonio Ruiz de Montoya tuvo dos grandes preocupaciones y ocupaciones en su vida: la lengua guaraní y la libertad de los indígenas.

Antonio Ruiz de Montoya nació en Lima un 13 de junio de 1585. Ingresó a la Compañía de Jesús y fue ordenado sacerdote en 1611 en la ciudad de Santiago del Estero. Inició su tarea misional en el Guayrá, región ubicada más al norte del río Iguazú, donde estaban fundadas las reducciones de Nuestra Señora de Loreto y San Ignacio Miní.

En 1612 Montoya llegó al Guayrá, con 27 años. Desde entonces tuvo dos grandes preocupaciones y ocupaciones en su vida: la lengua guaraní y la libertad de los indígenas.

Antes de dirigirse a esa región, permaneció un breve tiempo en Asunción donde comenzó a estudiar la lengua. Partió luego rumbo al Guayrá e hizo escala en el puesto yerbatero de Mbaracayú, y al respecto escribió: “quedéme algunos días administrándoles los sacramentos, y con el uso cotidiano y oír la lengua, vine a alcanzar facilidad en ella”. (La Conquista Espiritual, 63) Adquirió tal dominio que al poco tiempo de estar en Guayrá fue capaz de elaborar una gramática o arte y un diccionario de la lengua guaraní. También fue recopilando frases y expresiones. 

El Guayrá era una frontera de dos mundos en conflicto. Territorio con muchos grupos indígenas donde había dos poblaciones españolas (Villarrica y Ciudad Real). Frente al sistema de encomiendas, cuya crueldad Montoya había observado en el Mbaracayú, las reducciones emergían como única alternativa para que los indios fueran libres, aun aceptando el vasallaje y el tributo al Rey. Y en la Introducción de su Conquista Espiritual dice el padre Antonio: “… con mis compañeros hice trece reducciones o poblaciones, con el afán, hambre, desnudez y peligros frecuentes de la vida que la imaginación no alcanza, en cuyo ejercicio me parecía estar en el desierto”. Las 13 reducciones congregaban aproximadamente 42.000 personas.

Las reducciones eran ámbito de interacción de las culturas. Se valoraba profundamente la lengua que representa un modo de ser; la organización familiar y las jefaturas o cacicazgos indígenas se mantenían y se combinaban con las nuevas instituciones. Incluso en la construcción de las viviendas familiares, el fuego que representa cada familia se mantuvo en la galería La agricultura que practicaban fue potenciada con nuevos recursos tecnológicos. Los guaraníes continuaron siendo guaraníes aunque de otro modo, con las modificaciones propias de esa nueva forma de vida. Por otra parte, los misioneros también mudaron sus hábitos a fuerza de usar sólo la lengua guaraní, comer los frutos de esta tierra, así lo afirmó Montoya cuando se sintió descolocado en España.

Las reducciones, al principio tuvieron que vencer la resistencia de los encomenderos de las dos ciudades españolas del Guayrá y cuando se hicieron más autosuficientes los vecinos españoles perdieron significación y capacidad de interferencia. Pero la autosuficiencia no alcanzaba para defenderse de los ataques armados de los paulistas. No les quedó otra salida más que huir. El padre Antonio, como superior del Guayrá, tomó una muy difícil decisión: emigrar al sur con todos los que se habían salvado del asalto paulista. Los habitantes de Loreto y San Ignacio Miní, con los grupos llegados de los pueblos destruidos –aproximadamente 12.000- iniciaron el penoso “éxodo guaireño”. En su obra “La Conquista Espiritual” Ruiz de Montoya nos cuenta los preparativos para la partida:

“Ponía espanto ver por toda aquella playa ocupados los indios en hacer balsas, que son juntas dos canoas o dos maderos grandes cavados a modo de barco, y sobre ellos formar una casa bien cubierta que resiste el agua y sol; andaba la gente toda ocupada en bajar a la playa sus alhajas y su matalotaje, sus avecillas y crianza. El ruido de las herramientas, la prisa y la confusión, daban demostraciones de acercarse ya el juicio final. […] Fabricáronse en muy breve tiempo 700 balsas sin muchas canoas sueltas en que se embarcaron más de 12.000 almas, que solas escaparon en este diluvio tan tempestuoso”.

Soportaron grandes penurias durante el traslado: la difícil navegación por el río Paraná, el recorrido por tierra para sortear los saltos del Guayrá, la persecución del enemigo, la falta de alimentos y las enfermedades. En marzo de 1632 llegaron a las orillas del Yabebirí y allí restablecieron los pueblos de Loreto y San Ignacio Miní.

En 1637 Ruiz de Montoya fue enviado a España para defender los derechos de los indígenas de las reducciones. Se manifestó entonces como un gran diplomático y político.  En los 6 años que duró su comisión en la corte obtuvo varias cédulas en favor de los indígenas como las que suprimían el servicio personal y los eximían del tributo, las que permitían beneficiar la yerba sin impedimento y también las que autorizaban el uso de armas de fuego para la defensa.

Aprovechó su estadía en Madrid para editar sus obras en lengua guaraní (escritos bilingües): “El Tesoro de la lengua guaraní” (1639) que es un compendio de frases y modos de decir que reflejan la vida de los guaraníes, “El Arte y el Vocabulario de la lengua guaraní” (1640), y un “Catecismo de la lengua guaraní” (1640). También publicó en 1639 su célebre “Conquista Espiritual”, obra precursora de la etnografía moderna, que rescata diversos aspectos culturales de los aborígenes de esta parte de América. La Conquista es crónica, es alegato; es geografía, etnografía y biología y es un relato al estilo de las cartas anuas. El autor fue protagonista de muchos sucesos ahí narrados.

Sepultado en Loreto. En junio de 1643 había concluido su misión en España y emprendió el regreso a América, pero no pudo cumplir su deseo de volver a las reducciones, pues fue enviado a Lima donde falleció el 11 de abril de 1652. Pero él había manifestado: “No permitan que mis huesos queden entre españoles, aunque muera entre ellos; procuren que vayan donde están los indios mis queridos hijos, que allí donde trabajaron y se molieron han de descansar”. Para cumplir este deseo, un grupo de 40 guaraníes viajó de Loreto hasta Lima para buscar sus restos y traerlos para que descansen en este pueblo que él tanto amaba. 

En la carta anua de 1660, informe anual que el Superior Provincial de los jesuitas enviaba al Superior General de la Compañía de Jesús en Roma, se consigna que en Loreto: “Guardan ellos los restos de aquel padre (Montoya) en su iglesia como un tesoro de inestimable precio. La memoria de aquel padre permanece con tanta veneración entre ellos, que realizan promesas en su honor y con buen resultado”. Narra luego algunos casos de curaciones por su intercesión.

 Dra. María Angélica Amable

 

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